COMENTARIO CRÍTICO: EL BRUTALISTA

 





COMENTARIO CRÍTICO: EL BRUTALISTA 


La película El Brutalista (2024), dirigida por Brady Corbet,genera una reflexión e introspección profunda acerca de la memoria, el sufrimiento y la arquitectura como medio expresivo. A lo largo de la película se nos presenta a László Toth, un arquitecto inmigrante que huye de la Europa destruida por la guerra, el filme muestra si es posible transformar el trauma personal en una obra arquitectónica sin trivializar el dolor. A diferencia de otras películas sobre artistas, aquí el conflicto no gira en torno al éxito o al reconocimiento, sino alrededor de una pregunta ética: ¿puede la arquitectura convertirse en un testimonio silencioso del sufrimiento sin convertirse en una forma de explotación emocional?


Desde los primeros minutos de la película, el protagonista no ve la arquitectura como algo decorativo o  funcional en el sentido capitalista. Para él, edificar es una forma de procesar la pérdida. Su lenguaje visual, basado en el brutalismo, no es un estilo adoptado por moda, sino una necesidad personal. Como señala Kenneth Frampton (2007), la arquitectura brutalista tiene una “capacidad ética” cuando es utilizada para resistir el consumo visual y recordar lo esencial. En El Brutalista, esto es representado en edificios que no buscan agradar, sino hacer visible lo que el mundo prefiere olvidar.


El primer fragmento (min. 35:00–40:00) ilustra esto con claridad. László presenta el diseño de un centro comunitario construido en base a concreto crudo, líneas rígidas y sin ningún adorno. Su propuesta es rechazada por “fría” y “poco acogedora”. Sin embargo, lo que es entendido por frialdad no es más que el reflejo de su experiencia marcada por la guerra y la pérdida. Los muros que se ven ásperos, los vacíos arquitectónicos y la falta de color son formas de hablar desde el silencio y los recuerdos. Es una arquitectura que incomoda porque no está hecha para el confort, sino para recordar lo que se ha vivido. El rechazo que sufre László no es solo profesional, sino profundamente simbólico: se rechaza su dolor, su historia, su manera de construir memoria.


En el segundo fragmento (min. 40:00–45:00), el conflicto establecido entre memoria y poder se intensifica. László presenta a Van Buren el diseño de una biblioteca brutalista. El millonario desde su figura de poder, rechaza y desprecia la propuesta, quiere algo “más bonito”, con estanterías que muestren más vida y adorno. Ante esto, el arquitecto se mantiene firme en su propuesta. La escena plantea una declaración ética: la arquitectura no puede ceder ante el adorno si eso implica traicionar la memoria. Como diría Peter Zumthor (2006), los espacios arquitectónicos deben tener alma y verdad, no solo apariencia. En este caso, László rechaza el adorno porque lo considera vacío, incapaz de sostener el peso de su historia.


Este momento es crucial porque señala que el arte que nace del sufrimiento no siempre será comprendido, especialmente si se enfrenta a lógicas de un mercado capitalista. László no se doblega. Construir, para él, no es solo levantar estructuras, sino preservar historias. Así, el brutalismo en la película no es sólo un movimiento arquitectónico, sino una resistencia frente al olvido. Su arquitectura da forma al dolor y hace visible lo que muchos prefieren ignorar.


La tercera escena clave (min. 150:00–155:00) tiene un tono más contemplativo, pero igualmente potente. En una cantera de mármol en Carrara, László recorre el lugar en silencio. Las piedras monumentales, la niebla y el polvo blanco crean un ambiente casi místico y algo inquietante. En un gesto que puede pasar desapercibido, toca una roca con solemnidad, como si en ella reconociera su propio pasado. El mármol, tradicionalmente vinculado al poder, la permanencia y la escultura clásica, aquí adquiere otro sentido: es materia traumática. La escena sugiere que, así como el mármol necesita ser trabajado para convertirse en forma, el sufrimiento necesita ser procesado para convertirse en memoria.


Este gesto contiene una poderosa metáfora. La arquitectura unifica una experiencia vivida y su expresión tangible. La construcción, en este caso, es una extensión del cuerpo herido, de la experiencia que ya no puede expresarse en palabras. Como escribe Juhani Pallasmaa (2005), “la arquitectura es la encarnación de experiencias existenciales”. En esta escena, esa encarnación se vuelve literal. László no solo construye con piedra: construye con historia, con silencio y con duelo.


Estos tres momentos encapsulan el planteamiento central de El Brutalista: construir desde el dolor no es explotar el sufrimiento, sino darle forma y permanencia. László no busca compasión ni reconocimiento, sino hacer visible lo que se quiere olvidar. Cada muro, cada vacío, cada textura, es una huella de lo vivido. Frente a una sociedad que desea decorar el pasado o borrarlo, su arquitectura propone recordarlo aunque llegue a ser inquietante.


Además, el filme plantea una crítica implícita al uso superficial de la memoria en el arte contemporáneo. A diferencia de representaciones que utilizan el trauma como recurso emocional, El Brutalista evita el sentimentalismo. Su apuesta es ética: mostrar el sufrimiento sin embellecerlo. Esta postura coincide con lo que Susan Sontag advertía en "Regarding the Pain of Others" (2003): que la representación del dolor debe evitar el consumo pasivo y promover la reflexión activa. En esta línea, la arquitectura de László se convierte en una experiencia que interpela, no que adormece.


A nivel personal, esta película nos hace reflexionar al terminar de verla, Va más allá de lo que nos dice, siendo más resaltante el como lo dice. Cada escena se siente cargada de sinceridad, sensibilidad que no busca agradar y una fidelidad a lo vivido. El Brutalista no se limita a mostrar el dolor, sino también lo hace casi tangible. Y eso es algo de admirar, en un cine que suele adornar el trauma, esta película toma una postura personal de forma eficaz y valiente.


En conclusión, El Brutalista es más que una película sobre arquitectura: es una meditación visual sobre la memoria, el arte y el sufrimiento. A través de la figura de László y su obra brutalista, se nos muestra que es posible construir desde el dolor, siempre que se haga con respeto, profundidad y responsabilidad ética. La arquitectura, en esta película, no embellece la herida: la hace visible, habitable y digna. En un mundo que muchas veces prefiere olvidar, El Brutalista nos recuerda que hay historias que deben ser edificadas para no desaparecer.


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